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miércoles, 4 de febrero de 2009

La Represión

Otro de los destinos de un instinto puede ser el de tropezar con resistencias que intenten despojarlo de sus eficacia, pasa el instinto al estado de represión. Si se tratará del efecto de un estímulo exterior, el medio de defensa más adecuado contra él seria la fuga. Pero la fuga resulta ineficaz, pues el yo no puedo huir de si mismo. El enjuiciamiento reflexivo del instinto constituyen para el individuo excelente medio de defensa contra él. La represión constituye una fase preliminar de la condena, una noción intermedia entre la condena y la fuga.

Delimitar el contorno de la represión examinaremos otras situaciones de los instintos. Puede suceder que un estímulo exterior llegue a hacerse interior y pase así a constituirse una nueva fuente de perpetua excitación y aumento constante de la tensión. Tal estímulo adquirirá de este modo una amplia analogía con un instinto. Sabemos que en este caso experimentamos dolor. Pero el fin de este seudoinstinto es tan solo la supresión de la modificación orgánica y del displacer a ella enlazado. El dolor es imperativo.

Tomaremos un estímulo instintivo como el hambre que permanece insatisfecho. Tal estímulo se hace entonces imperativo, no es atenuable sino por medio del acto de la satisfacción y mantiene una constante tensión de la necesidad. No parece existir aquí anda semejante a una represión.

Tampoco hallamos el proceso de la represión en los casos de extrema tensión producida por la insatisfacción de un instinto. Los medios de defensa de que el organismo dispone contra esta situación habrán de ser examinados en un distinto contexto.

Será condición indispensable de la represión el que la fuerza motivacional de displacer adquiera un poder superior a la del placer producido por la satisfacción. El estudio psicoanalítico de las neurosis de transferencia que concluye que la represión no es un mecanismo de defensa originariamente dado, por el contrario, no puede surgir hasta después de haberse establecido una precisa separación entre la actividad anímica consciente y la inconsciente. La esencia de la represión consiste exclusivamente en rechazar y mantener alejados de lo consciente a determinados elementos.

Una primera fase de la represión, una represión primitiva, consistente en que a la representación psíquica del instinto se le ve negado el acceso a la conciencia. Esta negativa produce una fijación, o sea que la representación de que se trate perdura inmutable a partir de este momento, quedando el instinto ligado a ella.

La segunda fase de la represión, osea la representación propiamente dicha, recae sobre ramificaciones psíquicas de la representación reprimida o sobre aquellas series de ideas procedentes de fuentes distintas, pero que han entrado en conexión asociativa con dicha representación. La represión propiamente dicha es un fuerza opresiva. Posterior. La tendencia a la represión no alcanzaría jamás sus propósitos si estas dos fuerzas no actuasen de consuno y no existiera algo primitivamente reprimido que se halla dispuesto a acoger lo rechazado por lo consciente.

La influencia del estudio de las psiconeurosis, nos descubre los efectos mas importantes de la represión. La represión no estorba sino la relación con un sistema psíquico, con el de lo consciente.

Nos revela que la representación del instinto se desarrolla mas libre y ampliamente cuando ha sido sustraída, por la represión, a la influencia consciente. Encuentra formas extremas de expresión, que cuando las traducimos y comunicamos a los neuróticos, tienen que parecerles completamente ajenas a ellas y los atemorizan, reflejando una extraordinaria y peligrosa ilimitado desarrollo en la fantasía y del estancamiento consecutivo a la frustración de la satisfacción.

Al aspecto opuesto de la represión afirmaremos que ni siquiera es cierto que la represión mantiene alejadas de la conciencia a todas las ramificaciones de lo primitivamente reprimido. Cuando tales ramificaciones se han distanciado suficientemente de la representación reprimida. Encuentran ya libre acceso a la conciencia. Sucede como si la resistencia de lo consciente contra dichas ramificaciones fuera una función de sus distancia de lo primitivamente reprimido. Los síntomas neuróticos tienen que haber cumplido la condición antes indicada, pues son ramificaciones de lo reprimido, que consiguen, por fin, con tales productos, el acceso a la conciencia negado previamente.

La represión labora, pues, de un modo altamente individual. Cada una de las ramificaciones puede tener su destino particular, y un poco más o menos de deformación hace variar por completo el resultado. Observemos asimismo que los objetos preferidos de los hombres, proceden de las mismas percepciones y experiencias que los objetos más odiados y no se diferencian originalmente de ellos sino por pequeñas modificaciones.

Una modificación de las condiciones de la producción de placer y displacer da origen, al mismo resultado que antes atribuimos a la mayor o menor deformación. Existen diversas técnicas que aspiran a introducir en el funcionamiento de las fuerzas psíquicas determinadas modificaciones, a consecuencia de las cuales aquello mismo que en general produce displacer produzca también placer alguna vez. Estas técnicas no han sido detenidamente analizadas hasta ahora mas que en el chiste. Por lo general, el levantamiento de la represión es solo pasajero, volviendo a quedar establecido al poco tiempo.

La represión no están solo individual, sino también móvil en alto grado. No debemos representarnos su proceso como un acto único, de efecto duradero, semejante, la represión exige un esfuerzo continuado, cuya interrupción la llevaría al fracaso, haciendo preciso un nuevo acto represivo. Suponemos que lo reprimido ejerce una presión continuada en dirección de lo consciente, siendo, por tanto, necesaria, para que el equilibrio se conserve, una constante presión contraria. El mantenimiento de una represión supone, un continuo gasto de energía y su levantamiento significa, económicamente, un ahorro. La movilidad de la represión encuentra, además, una expresión en los caracteres psíquicos del dormir (estado de reposo), único estado que permite la formación de sueños. Con el despertar son emitidas nuevamente las cargas de represión antes retirada.

Aparte de su represión, puede presentar otros muy diversos caracteres: ser inactivos; esto es, poseer muy escasa catexia de energía psíquica y hallarse así capacitado para la actividad. Tratándose de ramificaciones no reprimidas de lo inconsciente, la magnitud de la energía psíquica define el destino de cada representación. En cambio, el factor cuantitativo es decisivo para la aparición del conflicto: en cuanto la idea aborrecida traspasa cierto grado de energía surge el verdadero conflicto y la entrada en actividad de dicha idea lo que trae consigo la represión. Así, el incremento de la carga de energía produce, los mismos efectos que la aproximación a lo inconsciente. Paralelamente, la disminución de dicha carga equivale al alejamiento de lo inconsciente o de la deformación. Las tendencias represoras encuentren en la atenuación de lo desagradable un sustitutivo de su represión.

La observación clínica nos fuerza a descomponer lo que hasta ahora hemos concebido unitariamente, hay otro elemento diferente de ella que también representa al instinto, que este otro elemento experimenta destinos de la represión. A este otro elemento de la representación psíquica le damos el nombre de montante de afecto y corresponde al instante en tanto en cuanto se ha separado de la idea y encuentra una expresión adecuada a su cantidad en procesos que se hacen perceptibles a la sensación a titulo de afectos.

El destino general de la idea que representa al instinto no puede ser sino el de desaparecer de la conciencia, si era consciente, o verse negado el acceso a ella, si estaba en vías de llegar a serlo. El destino del factor cuantitativo de la representación del instinto puede tener tres posibilidades: a) El instinto puede quedar totalmente reprimido y no dejar vestigio alguno observable; b) puede aparecer bajo la forma de un afecto cualitativamente coloreado de una forma u otra, y c) puede ser transformado en angustia. Estas dos ultimas posibilidades nos fuerzan a considerar la transformación de las energías psíquicas de los instintos en afectos, y especialmente en angustia, como un nuevo destino de los instintos.

Recordamos que el motivo y la intención de la represión eran evitar el displacer. Se deduce que el destino del montante de afecto de la representación es mucho más importante que el de la idea.

Se intenta penetrar en el conocimiento del mecanismo del proceso de la represión, y averiguar si es único o múltiple y si cada una de las psiconeurosis no se halla quizá caracterizada por un peculiar mecanismo de represión. Se limita la investigación a los resultados observables en la parte ideológica de la representación, descubrimos que la represión crea regularmente una formación sustitutiva. Sabemos ya que la regresión deja síntomas detrás de si. Hasta ahora, nos lleva a suponer que ambos mecanismos difieren considerablemente y que no es la represión misma la que crea formaciones sustitutivas y síntomas. Estos últimos deberían su origen, como signos de un retorno de lo reprimido a procesos totalmente distintos.

Haremos constar: 1° Que el mecanismo de la represión no coincide, en efecto, con el o los mecanismos de la formación sustitutivos; 2° Que existen muy diversos mecanismos de la formación de sustitutivos, y 3° Que los mecanismos de la represión poseen, por lo menos, un carácter común: la sustracción de la carga de energía.
Limitándonos a tres psiconeurosis mas conocidas, unos cuantos ejemplos cómo los conceptos encuentran su aplicación al estudio de la represión.

Comenzando por la histeria de angustia, elegiremos un ejemplo, excelentemente analizado, de zoofobia. El impulso instintivo que en este caso sucumbió a la represión fue una actitud libidinosa del sujeto con respecto a su padre, acoplada a miedo del mismo. Después de la represión desapareció este sentimiento de la conciencia, el padre ceso de hallarse Integrado en ella como objeto de la libido. En calidad de sustitutivo surgió en su lugar un animal más o menos apropiado para constituirse en objeto de angustia.

El cuadro de la verdadera histeria de conversión nos impone otra concepción distinta del proceso represivo. Su carácter mas saliente es, la posibilidad del hacer desaparecer por completo el montante de afecto. Otras veces no alcanza esta represión tan completo éxito, pues se enlazan al síntoma sensaciones penosas o resulta imposible evitar cierto desarrollo de angustia, la cual activa, el mecanismo de la formación de la fobia. Hallamos una innervación de extraordinaria energía (somática en los casos típicos), innervación de naturaleza sensorial unas veces y motora otras, que aparece como excitación o como inhibición. Un detenido examen nos demuestra que esta hiperinervación tiene efecto en una parte de la misma representación reprimida del instinto, la cual ha atraído a si como por una condensación, toda la carga. Estas observaciones no entrañan, todo el mecanismo de una histeria de conversión. El proceso represivo de la histeria de conversión termina con la formación de síntomas y no necesita continuar en un segundo tiempo como en la histeria de angustia.

La represión en la neurosis obsesiva, tercera de las afecciones que aquí comparamos. En esta psiconeurosis no sabemos al principio si la represión que sucumbe a la represión es una tendencia libidinosa o una tendencia hostil. Tal inseguridad proviene de que la neurosis obsesiva tiene como premisa una regresión que sustituye la tendencia erótica por una tendencia sádica. Al principio logra la represión un éxito completo; el contenido ideológico es rechazado y el afecto obligado a desaparecer. Como producto sustitutivo surge una modificación del yo, consistente en el incremento de la conciencia moral, modificación que no podemos considerar como un síntoma. Esta ha realizado, como siempre, una sustracción de libido; pero se ha servido, para este fin, de la formación reactiva por medio de la intensificación de lo opuesto.

Es muy probable que la relación de ambivalencia, en la que está incluido el impulso sádico que ha de ser reprimido, sea la que haga posible todo el proceso. La ambivalencia, que hubo de facilitar la represión por medio de la formación reactiva facilita también luego el retorno de lo reprimido. El afecto desaparecido retorna transformado en angustia social, angustia moral, escrúpulos y reproches sin fin, y la representación rechazada es sustituida por un sustituto por desplazamiento que recae con frecuencia sobre elementos nimios e indiferentes. El fracaso de la represión del factor cuantitativo afectivo, hace entrar en actividad aquel mecanismo de la fuga por medio de evitaciones y prohibiciones que ya descubrimos en la formación de las fobias histéricas. Por lo tanto, la labor de la represión en la neurosis obsesiva termina en una vana e inacabable lucha.

BIBLIOGRAFIA:
. Freud, S. (1978). Obras completas. Volumen XIV La represión Ed. Biblioteca Nueva.


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