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sábado, 6 de septiembre de 2008

“El lado oscuro de la luna”

Antes que todo queremos expresar nuestros agradecimientos a María Luisa Silva Checa por el aporte brindado, y por colaborar con sus experiencias en el campo terapeutico, así mismo reiteramos la invitación a todos aquellos que quieran compartir con nosotros y con todos nuestros lectores información, experiencias, temas de interes, etc. de esta tan hermosa y gratificante carrera. Atte VISIÓN PSICOLÓGICA

Reflexiones en torno a mi experiencia analítica con una adolescente

Voy a contarles acerca de mi experiencia analítica con Tania, una adolescente que acaba de cumplir 14 años. No pretendo describir cómo debe ser el trabajo analítico con adolescentes, pero sí compartir con ustedes cómo yo lo entiendo y lo vivo. En el camino me han acompañado algunas reflexiones teóricas, muchas intuiciones e innumerables ocurrencias personales. Encuentro que el trabajo con adolescentes no sólo suscita un gran movimiento debido a la plasticidad propia de esta edad sino a lo que genera en uno, como analista. Pero esto no es ninguna novedad, es hablar de la contratransferencia, sólo que quiero enfatizarla profundamente en estos casos.

Empecé el tratamiento con Tania con la misma incertidumbre con la que enfrento cualquier otro caso, sobre todo cuando se trata de adolescentes, sin una idea clara de cuál dirección van a tomar. Con ella, había una circunstancia adicional, la mamá estaba muy angustiada porque no sabía si se trataba de algo muy serio, y lo temía. Me trasmitió un fuerte sentimiento de preocupación y responsabilidad. Yo esperaba que la turbulencia por la que pasaba Tania fuera más una regresión movilizada por su edad, que un rasgo psicopatológico de cuidado. Su mamá describió a su hija en detalle: de qué se quejaba, cómo parecía sentirse, cuáles eran sus recursos, sus flaquezas y cómo ella se sentía responsable por un abandono emocional consistente, especialmente en los primeros años de vida de su hija, pero que se prolongó hacia los 10 u 11 años. Recientemente, había iniciado un análisis que le permitió un proceso creciente de reparación de estos aspectos abandónicos.

Antes de conocer a Tania ya sentía una gran curiosidad y respeto por la seriedad con que se presentaba el pedido de ayuda. Me intrigaban y asustaban los síntomas que la aquejaban: tenía alucinaciones de muertos, a los que veía tirados por cualquier parte y vivía muy alarmada por las guerras, el terrorismo y los atentados en los que moría gente inocente. Además, tenía entendido que era una chica sumamente despierta y creativa, con especiales habilidades musicales. Confiaba en que este recurso pudiera ser un velo protector que la mantuviera a resguardo de la locura.

Tania parecía vivir en un mundo lúgubre de sombras y muertos. Era seria, adusta, aparentaba ser mayor. Me contaba cómo eran sus noches y cómo eran sus días. Durante la noche, gran parte insomne, se tapaba con la sábana cuando veía o escuchaba algo que la asustaba; y cuando el terror se hacía insoportable, llamaba a su mamá para que se quedara junto a ella. Pero, eran los días los que la hacían sentir más confundida y loca. Podía ver muertos si habría una puerta, un cajón o un armario. Desde el primer contacto conmigo se mostró muy conciente de la necesidad de ayuda y por tanto decidida a contribuir en su tratamiento.

Estas angustias la acompañaban desde tiempo atrás y se sentía resignada a ellas. Decía que no le importaba “seguir viendo esas cosas horribles”, sólo quería que “la ayudara a que no le afectaran tanto”. Había desarrollado toda clase de técnicas para tranquilizarse, pero ya no funcionaban. Se escondía en su cuarto y cerraba los ojos hasta conseguir poner la mente en blanco. Lo realizaba como un control obsesivo con el que conseguía paralizar la ebullición angustiosa de su mente, pero no lograba en realidad aliviarse porque todo se quedaba allí, bajo ese empaste blanco. Le dije que sería difícil ayudarla realmente si ella se escondía en su cuarto, sola, con sus temores. Tendríamos que imaginar la manera de permitirme entrar en ese cuarto-escondite con ella, para poder conocer y comprender las cosas que veía y temía. Yo tenía la esperanza que con el tiempo, el espacio analítico que se creaba entre las dos podría ser para ella como ese cuarto en el que se refugiaba.

La noté reconfortada con esta invitación a acompañarla con sus fantasmas. Venía muy asustada por la idea de que ella era la responsable de sus angustias ya que todos le hacían saber que sus visiones sólo se encontraban en su mente. De la experiencia terapéutica que había tenido anteriormente conservaba la idea de que ella ponía afuera las cosas feas que sólo existían en su mente. Me pareció que no era necesario insistir en el carácter proyectivo de sus alucinaciones. Más bien, parecía necesitar alguien que no la dejara sentirse muy sola con su mente.

Desde el inicio reveló una actitud sobreadaptada que reflejaba el sentimiento de bastarse a sí misma. Era inteligente y aguda en sus apreciaciones sobre sí, su familia y las circunstancias del mundo. Consideraba que su papá era un hombre amargado dedicado exclusivamente al trabajo; y su madre una mujer inteligente y estudiosa pero distraída, que siempre “andaba en la luna”. Decía que no contaba con ellos como padres cuidadores y esto la hacía sentirse en permanente peligro. Recordaba la influencia de su abuela materna, a quien dejó cuando vinieron a radicar al Perú, bordeando ella los 4 años. Con su hermana, 5 años menor, tenía una gran rivalidad. “Somos dos hijas solas, no nos gustamos, somos muy diferentes”, decía. En general, las relaciones familiares y de amistad, en el colegio, solían ser difíciles y no lograba tener un sentimiento de pertenencia.

El miedo la inundaba pero también había cierto matiz de sarcasmo en su visión de la vida que podía acercarla hacia un uso más creativo del humor. Parecía que todo se encontraba caóticamente en su mundo interno: su imaginación creativa se confundía con imágenes siniestras, lo libidinal con una violencia destructiva y su interioridad con la realidad externa. Me temía que su estrategia de encerrarse y poner la mente en blanco para evitar el terror la perjudicaban cada vez más al despojarla de sus recursos internos. Y temía, también, no encontrar la forma de llegar a ella y poder entrar a su cuarto privado, como yo misma le había propuesto.

Mientras ella hablaba de sus terrores una idea pasó por mi mente: ¿En qué momento yo le perdí el miedo a la oscuridad de la noche? Recordaba que había pensado esto mismo mientras daba de lactar a mi hijo mayor, muchos años atrás. Con mi hijo en brazos miraba a unas sombras de árboles a través de la ventana en la mitad de la noche y pensé esto mismo: ¿En qué momento dejé de temer la oscuridad? En esa ocasión, me sorprendí de mis pensamientos, de cómo había pasado el tiempo y, con él, algunos de mis temores sin percibirlo. También sentí que de alguna manera todo ello volvería a estar presente si quería comprender a mi hijo y aliviarlo cuando tuviera miedo.

Cuando volví a tener este pensamiento, frente a Tania con sus alucinaciones y terrores, sentí claramente que para ayudarla tendría que circular algo muy intenso entre las dos, una conexión de experiencias y de recuerdos. Se trataría de algo que debíamos compartir para que ella pudiera sentirse mirada, acompañada, conducida hacia la posibilidad de significar la experiencia. Como con mi hijo, debía ayudarla a que las sombras pudieran convertirse en algo creativo, producto de una imaginación más amable y no se quedaran atrapadas en su mente como vivencias siniestras paralizantes.

Tania se veía a sí misma como una chica extraña, mala, una satánica. En el colegio la hacían sentir una freak. Era: “Tania, la rara”, “la del más allá”; pero, al mismo tiempo, la llamaban “posera”, “falsa”, aludiendo a que todo era una farsa para llamar la atención. Locura o falsedad parecían ser las únicas opciones de vida. Este dilema existencial la había acompañado durante gran parte de su vida. Sentía que nadie le creía ni reconocía sus sentimientos. Reclamaba de sus padres que pensaran que era una manipuladora, falsa. Por supuesto ella también sospechaba de sí misma y creía que, a veces, exageraba. En esos momentos los sentimientos de culpabilidad la embargaban y era cuando más maligna se sentía. Parecía necesitar pruebas de incondicionalidad de los demás, ser reconocida, que alguien creyera en sus angustias, temores, exageraciones, pensamientos, conocimientos, o lo que fuera.

Empezamos a usar como jugando la imagen de que el trabajo terapéutico era como armar un rompecabezas. Lo importante era contar con todas las piezas para poder armarlo, aunque fuera difícil o nos tomara mucho tiempo; sobre todo cuando nos topábamos con las piezas más indiferenciadas u oscuras. Ella rápidamente entró en este juego y cuando había algo visiblemente difícil para ella, se refería a una pieza importante del rompecabezas, o me decía “yo sé que si falta alguna pieza importante no vamos a poder completarlo”.

Me hablaba de los dibujos horribles que hacía, para luego romperlos. No quería mostrárselos a nadie porque temía que la vieran como una loca. Yo la invitaba a que pudiera diferenciar entre un dibujo como transformación creativa y la vivencia de esas cosas horribles que relataba. Me anunciaba que me traería algún dibujo para que pudiera conocerla más, pero que aún prefería no mostrármelos porque eran muy feos y podían asustarme. Un día me mostró un dibujo que había tachado con lapicero en su pantalón. No se podía distinguir el dibujo pero lo relevante era el proceso de transición que se ponía en marcha: el dibujo existía aunque fuera casi en su piel y lo traía aunque estuviera tachado. Le interpreté su necesidad de protegerme de las cosas feas que ella pudiera tener y que no era justo que se quedara sola con todo lo que la asustaba, y encima preocuparse por lo que pasaba conmigo.

A los pocos días llamó para avisarme que se sentía demasiado angustiada y no vendría a sesión. Le dije que la esperaba, que me gustaría estar con ella en esos momentos, que era muy importante para que pudiera superar esos episodios. Llegó en plena crisis de angustia y se fue calmando durante la sesión. No sabía qué le pasaba, todo se movía a su alrededor y ella se sentía en un gran peligro. Me decía que veía personas en el piso, ancianos muertos. Cerraba los ojos y lloraba desconsoladamente. Mientras la escuchaba y le pedía que me dijera cómo se sentía, comprendía que era un momento privilegiado del proceso, como si se tratara de una puerta de entrada hacia su mundo interno y me sentía agradecida por su confianza. Aunque el miedo la paralizaba había que ayudarla a usar esta crisis como una oportunidad, esta vez acompañada, para ir dibujando su espacio interno, sólo así podría reubicar las fantasías violentas y terroríficas que esparcía por todas partes.

Esta sesión marcó un punto de quiebre esencial en el proceso analítico, como si de pronto mi consultorio guardara aspectos muy íntimos de Tania. Con cierto sarcasmo ella misma decía que no le quedaba otra cosa que dejarme entrar o seguir recluida en el aislamiento plagado de fantasmas. En cierto sentido, empezaba a plasmarse la posibilidad de que sintiera ese espacio como un refugio, como si me hubiera permitido entrar por primera vez a su cuarto. De ahí en adelante, se instaló un clima de confianza y complicidad entre las dos. Ambas reconocíamos que esta había sido una pieza muy importante del rompecabezas que veníamos armando.

El terror de las proyecciones violentas, de los muertos que la perseguían, fueron siendo sustituidas por una comunicación más vital. Hablaba de cómo se sentía en el colegio con sus amigos, de nuevas amistades, y particularmente de la relación con el enamorado. Se trataba de un vínculo muy lúdico, casi infantil, eran como compinches. Rechazaba toda expresión sexual, decía que no se trataba de ese tipo de relación y que los demás eran unos morbosos que creían que las relaciones tenían que ser sólo sexuales. Ella era conciente que era una chica y que básicamente la pasaban muy bien juntos. Decía que las relaciones de toqueteos y de “chapes” delante de todos, a esa edad, le parecían ridículas y grotescas. No obstante, poco a poco fue verbalizando todas sus ocurrencias que reflejaban una sexualidad profundamente infantil, con fantasías orales, anales, expresadas de una manera muy lúdica.

En una reunión que tuve con su padre me sentí como una traductora, intentando que viera y comprendiera a Tania de una forma diferente. El creía que era manipuladora y caprichosa, por lo que mostraba un fastidio visible frente a sus demandas. Como ejemplo, me decía que Tania insistía en tener una mascota lo que él rechazaba rotundamente ya que no quería a ningún animal con pelo en la casa. Me llamó doblemente la atención cuando Tania luego me contó que su papá había accedido a que tuviera una mascota, solo que aceptaba únicamente una iguana. Me pareció una extraña negociación el aceptar un animal de piel fría, poco amable y con quien sería difícil una interacción de cuidado y afecto.

No tardó mucho en llevar a su iguana a sesión. Al verla, mi impresión cambió totalmente. Se trataba de un animal de un color verde vivo y de una mirada intensa y atenta. Mucho más me sorprendieron los cuidados que Tania tenía con ella: la acariciaba y la iguana se mantenía quieta, cerrando los ojos como agradeciendo todo ese cariño. Frente a aquella escena curiosa me sentía dividida: o yo no tenía idea de cómo eran las iguanas o estaba ante una domesticación francamente fuera de lo común.

Más adelante se pudo ir notando el desarrollo de esta relación particular que tenían Tania y su iguana. Poco a poco este animal, algo áspero y frío fue transformándose en una mascota acariciable. Al cuidar ella a su iguana, incorporaba el cuidado en su vida, permitiendo que se sintiera más acompañada; y al mismo tiempo, era capaz de asimilar un proceso de transformación hacia algo más afectivo y benigno.

Estos aspectos afectivos y creativos fueron apareciendo de diversas formas en el trabajo analítico, evidenciando un progresivo enriquecimiento de su vida emocional. Después de que su tendencia a dibujar cosas para luego romperlas declinó y parecía haber entrado en un período de silencio en el que no dibujaba, se apareció en una sesión con un dibujo. Decía que era lo primero que le había salido y quería que lo viera. El dibujo estaba compuesto por figuras que representaban a ángeles, uno de ellos con cachos de diablo, en un escenario de campos y volcanes, con varios ojos llorosos distribuidos por todo el dibujo. Un personaje superior, que parecía ser ella misma, se encontraba con el brazo estirado, tocando a la luna. Me dijo que aunque no le asustaba este dibujo no le había gustado mucho, pero igual había querido traérmelo. Le daba pena haber dibujado figuras con lágrimas en los ojos pero también le divertía el ángel con cachos.

Además del significado que tenía para mí el que pudiera llevar un dibujo para compartirlo conmigo, me parecía destacable la expresión de su ambivalencia a través del dibujo, que reflejaba la posibilidad de juntar aspectos suyos: ángel y diablo. Este mismo día me dijo que hacía mucho tiempo que no tenía visiones de muertos, pero aún tenía problemas para dormir. Estaba demasiado acostumbrada a pasar la noche en vela y le costaba conciliar el sueño. En ocasiones recurría a llamar a su mamá para que la acompañe un rato, pero le incomodaba fastidiarla.

Se inició un período de cierta calma. Hablaba de sus amigas en el colegio, de ropa, de deportes, siempre con un estilo particularmente agudo y mordaz. Recitaba una exposición de alguna presentación que debía hacer en el colegio o describía datos de algunos temas ante los que daría algún examen. Me daba ternura verla cómo necesitaba prepararse conmigo para sentirse más segura ante sus pruebas y exámenes.

Todas las expresiones o canales de expresión que iban apareciendo en el proceso analítico fueron constituyéndose en verdaderos vehículos hacia un proceso de simbolización. De todos ellos, el más consistente al interior del vínculo analítico era la música. Había algunos factores que contribuían fuertemente a ello. Mi interés por la música y los gustos que compartíamos fortalecían más nuestro vínculo. Paralelamente, sucedía algo parecido con mi hijo adolescente, a quien venía ayudando en la elaboración de una monografía sobre el papel del rock en la construcción de la identidad del adolescente. Para este trabajo habían pasado por mis manos algunas lecturas interesantes. De ellas, había obtenido la firme creencia en el papel organizador que tenía la música en la integración de partes fragmentadas del self; así como la importancia del rock en la inscripción del “nosotros”, que facilita el tránsito de la infancia a la adultez.

Con Tania, la música tenía una clara función vinculante que garantizaba un terreno común entre las dos. Hablaba mucho de música y esto servía como pinceladas de afectos y partes de sí que contribuían a configurar el rompecabezas que significaba su mundo interno. En ocasiones traía una gran información sobre géneros como el heavy metal, death metal y hasta la música satánica. Yo pensaba en esos momentos que una parte de ella intentaba chocarme, hablando de estos ritmos duros y violentos. En otros momentos hablaba de su predilección por el rock y me daba verdaderas clases sobre grupos y anécdotas que averiguaba para luego contarme. De la nueva trova, del rock clásico de los 70, del rock progresivo de los 80 y 90. No le gustaba el pop, pero a veces se encontraba tarareando alguna canción de moda y nos reíamos de su gusto clandestino por la música comercial, que podía extenderse, incluso, hasta el reggaeton. Poco a poco fue convirtiéndose en un juego que ambas disfrutamos mucho.

En una ocasión se detuvo largamente hablando de Pink Floyd y lo excelentes músicos que eran. Recordaba sus discos y el nivel casi místico que alcanzaban sus canciones. Le costaba decidir cuál podría ser el mejor disco, hasta que eligió como su preferido a “Dark side of the moon”. Coincidí con ella en que era un disco extraordinario. Lamentaba que sus amigos de su edad no apreciaran esa música. Se sentía afortunada de haber tenido clases de música desde muy pequeña; esto le había permitido tener un oído más educado.

Tiempo después me contó entusiasmada que sus padres habían accedido a redecorar su cuarto. Me describió lo que ella consideraba su cuarto ideal, y lo hizo con un especial tono afectivo. Parecía contenta de disponer en su mente de un nuevo orden para sí misma. En toda la pared principal en la que se apoyaba su cama pintaría el dibujo del disco “Dark side of de moon”, las demás paredes serían blancas, para que hubiera contraste. En ellas, pondría una gran casa de vidrio para su iguana y un escritorio para la computadora. En ese cuarto se sentiría feliz.

Tuve la impresión de estar ante un profundo proceso de transformaciones. La redecoración de su cuarto reflejaba una reorganización de su espacio interior en el que contaba con elementos que habíamos construído juntas. Pero, además parecía como si ese lado oscuro en el que se sentía atrapada y aterrada pudiera haberse transformado en algo creativo, como aquel de la canción. Yo sentía que me había llevado con ella al lado oscuro de la luna y ésta parecía ya no asustarla tanto. Además, ella se refería permanentemente a que su madre “estaba en la luna”, por lo que tenerla en su cuarto significaba mucho para ella.

Después de mucho tiempo sin crisis de angustia, aunque permanecía el insomnio, me llamó su mamá alarmada porque el día anterior Tania había llorado sin parar desde las 5 de la tarde. Los padres querían hablar conmigo porque temían que fuera un retroceso. Aunque me preocupé, confiaba en la fortaleza del vínculo y en los avatares de la adolescencia y del proceso analítico. Me tranquilicé mucho más cuando al día siguiente llegó a sesión. No bien entró me contó lo que había pasado, describiendo todo el episodio con pelos y señales. Tal como me había adelantado su mamá, todo comenzó a las 5 de la tarde. De ahí en adelante no había parado de llorar. Después de unas horas, fue a buscar a su mamá para que la ayudara. Su mamá la acompañó a su cuarto, pero aunque esto tampoco la aliviaba se quedó dormida por el cansancio. Al día siguiente se sintió mucho mejor. Había estado pensando en por qué se sentía así; algunas ideas ya las había olvidado pero otras quería conversarlas conmigo.

Me llamó la atención esta disposición de Tania a pensar la experiencia y, por tanto, que pudiera entrar en un registro de historización posible, contraria a la paralización de pensamiento propia de la angustia. La sesión transcurrió con esta tónica, intentando pensar en lo que le pasaba. Por un lado creía que tenía que ver con el enamorado; no se había comunicado con él desde el día anterior a la crisis. Vimos cómo sentía que él estaba creciendo, haciendo sus propias cosas y ella temía que la dejara. Se sintió abandonada por él y esto, al parecer, desencadenó una serie de sentimientos. Habló de cómo su mamá no la aliviaba a pesar de tenerla al costado. Tenía un gran resentimiento que le impedía olvidar cuando la necesitó a los 4 o 5 años y no estuvo con ella. Siguió asociando muchos recuerdos de esa época. De cómo su abuela había sido en realidad una madre para ella. Me venía a la mente la idea de que ella había venido a vivir al Perú entre los 4 y 5 años, momento en el que se había separado de su abuela. Sentimiento de abandono sobre abandono, pensé. También recordó a una profesora, que nunca antes había mencionado. Esta la llevaba a su casa después de la guardería -cuando tenía 3 a 4 años- y la obligaba a dormir a las 5 de la tarde. Compartía este lugar con tres amiguitas más. Ninguna quería dormir y hacían pactos de no dormir. Pero, al cabo de un rato rompían en llanto hasta quedarse dormidas. Tania era la única que cumplía el pacto y no se dormía. Se sentía traicionada por estas niñas. Ella sólo quería llamar a su mamá para que la recogiera pero la profesora no accedía a su pedido. Lloraba por dentro pero no se quejaba y tampoco se dormía.

Esta coincidencia en la hora, las 5 de la tarde, tanto en el propósito de la profesora de hacerla dormir, como en el inicio de su crisis de angustia, me embargó intensamente de sentido. Le hice ver la coincidencia y reaccionó con una gran sorpresa. No recordaba a esta profesora desde hacía mucho. Vimos cómo todo ello podría tener que ver con sus dificultades para dormir. Ambas lo sentimos como un descubrimiento importante. Inmediatamente lo relacionó con el resentimiento hacia su madre; no podía olvidar el sentimiento de abandono cuando pasaba esas horas de angustia, despierta, aterrada y con mucha cólera. Desde esa época dormir para ella era como traicionarse a sí misma y aceptar la ausencia de su madre. Tania prefirió, desde entonces, mantenerse en espera hasta que la madre fuera a buscarla.

Reflexiones finales
He querido transmitir a través de este relato mi forma de experimentar el trabajo analítico con adolescentes. De entrada, considero que la adolescencia nos cuestiona radicalmente los parámetros de lo que podemos entender como patología. En términos de defensas y funcionamiento psíquico podríamos pensar que todo adolescente es un paciente borderline. Más que preocuparnos por un diagnóstico, cualquier paciente adolescente nos exige pensarlo como un sujeto en construcción, en vías de consolidar un proceso de simbolización que requiere de nuestra presencia para desplegarse creativamente. Para ello debemos entrar en su mundo, conocerlo y recorrerlo con él.

En el caso de Tania, parecía que este proceso, que debía darse en presencia de un otro, se había atascado debido a las dificultades de la madre para ir a su encuentro. Tania se sentía extraña y perdida dentro de sí misma, entre sombras y fantasmas. En su encierro sofocaba la gran cantidad de recursos que tenía pero de los que no podía disponer por el sentimiento de peligro que la embargaba. Asumí que lo principal era calmarla y luego ayudarla a desarrollar los aspectos más verdaderos del self, expresándose libremente.

Muy pronto se podía ver que se trataba de una mente rica en imágenes, sensaciones y pensamientos que eran puestos caóticamente en cualquier lugar. Había que conducirla hacia la articulación de todo ello. Es así como palabras, acciones, gestos y afectos pudieron ir encontrando su sentido a partir de elementos sumamente cargados de significado y de poder vinculante; como lo fueron su iguana, los dibujos, la música, el humor, entre otros. Todo ello fue configurándose en una historia. La historia de Tania, no la Tania del “más allá”, sino la que se sentía parte de este mundo.

Mi objetivo apuntaba a no dejarla sola con sus temores sino ubicarlos en un terreno común y transformarlos en algo creativo. Tania necesitaba que alguien la acompañara en su cuarto mientras se angustiaba; sentirse acompañada para poder estar a solas y reconocerse en ese espacio interior en el cual refugiarse, moverse y compartir con otros. Alguien que recorriera con ella ese lado oscuro de la luna.

Sólo después de que la base del trabajo analítico estuvo encaminada - esto es cuando el vínculo entre ambas se vio fortalecido y el clima de confianza aseguraba un espacio para la experiencia - fue que empezaron a asomar los contenidos de su mente que la atormentaban. De ahí en adelante ha sido el acompañamiento de un proceso de simbolización en el que las vivencias pudieran ser acumuladas históricamente como experiencias de crecimiento.
María Luisa Silva Checa

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